La liberación femenina o la libertad desmesurada



Arturo Moreno Baños


La liberación femenina surge como una gran necesidad ante las demandas de los nuevos enfrentamientos en los que vive la humanidad y que se pueden percibir a diario con grandes cambios sociales y culturales.

Originalmente las mujeres no tenían la facultad de poder compartir los mismos derechos que los hombres, por ser mujeres se les relegaban a una vida digna y libre de oportunidades, en un mundo hecho por hombres y sólo para el beneplácito de estos, las féminas sólo podían ser propicias para la reproducción, el mantenimiento del hogar o bien para poder servir de compañía pero no más. Es importante destacar que la liberación femenina fue un proceso gradual y constante en el cual la lucha femenina se dio cita a diario contra el hombre que las reprimía, cabe destacar que hoy en día las situaciones se han modificado para lograr nuevos horizontes sin embargo algo interesante se vislumbra en esta liberación ya que pareciera que las mujeres han perdido su feminidad al querer transformarse en seres iguales al hombre ¿Acaso esto es el resultado de una liberación femenina? O bien se llego a una libertad tal en donde se perdió la propia esencia femenina para transformarse en un ser andrógino y carente de lo más hermoso que puede tener una dama: su feminidad. 

La caridad parecía fluir de su persona de manera natural. Hombre virtuoso, sencillo y generoso; obispo de Michoacán (1678) y arzobispo de México (1682-1698), don Francisco de Aguiar y Seijas era acérrimo enemigo de las corridas de toros, las peleas de gallos y muy particularmente de los juegos de azar.

Pensaba que con “gallo de pelea, buen caldo”, de ahí que gran parte de sus esfuerzos para encaminar a las almas novohispanas por el sendero del bien fueran destinados a erradicar el ocio que generalmente se materializaba en una partida de naipes, el correr de las apuestas y grandes borracheras con chiringuito. La gente reconoció sus méritos y en poco tiempo “comenzó a hacerse amar, por su bondadoso carácter”. No era pera menos, su obra material comprendía además, la fundación del anhelado Colegio Seminario, un hospital para mujeres dementes y dos casas de recogimiento –la Misericordia y la Magdalena- para “malas mujeres”. Parecía un santo en la Tierra, y sin embargo, don Francisco tenía un grave defecto:

“Aversión decidida –escribió Francisco Sosa- era la del arzobispo hacia las mujeres; tan exagerada, que podría calificarse de verdadera manía. Consta que desde sus primeros años evitó su trato y proximidad, y no hay por qué extrañar que, ya sacerdote, ni aun el rostro hubiese querido mirarlas. En su servidumbre jamás permitió mujer alguna; en sus frecuentes pláticas doctrinales atacó con vehemencia cuantos defectos creía hallar en la mujer; por su propia mano cubrió la cabeza a una que se hallaba sin tocas en el templo; siendo arzobispo se resistía a visitar a los virreyes por no tratar a sus consortes, y lo que es mas notables todavía, prohibió, pena de excomunión, que mujer alguna traspasara los dinteles de su palacio arzobispal”.

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